POR ERNESTO TENEMBAUM
¿Quién iba a pensar que todo terminaría así? Es una pregunta con un dejo de nostalgia, algo de frustración, un toque de desánimo, una pizca de desilusión, un atisbo de resignación y, le diría más, hasta cierta pena por nosotros mismos. Los inicios de este gobierno -hace ya seis años- fueron de los más estimulantes de la democracia, quizá con la excepción de aquella primavera de 1983. Algunas medidas fueron de una contundencia y valentía inesperadas: la reforma de la Corte Suprema, la negociación de la deuda externa privada, la decisión de no reprimir ninguna protesta social fuera cual fuese su origen o virulencia, y la designación de personas muy prestigiosas, de condiciones morales insospechadas, en áreas donde se maneja mucho dinero. En este último rubro figuró el nombramiento de Graciela Ocaña al frente de la obra social de los jubilados, la segunda caja del país, que había operado como botín de guerra durante toda la década menemista, como feudo del poder sindical que se nucleaba, por entonces, alrededor del mítico Luis Barrionuevo.
La gestión de Ocaña fue percibida como tan eficiente -y honesta- por parte del Gobierno que, con la asunción de Cristina Fernández de Kirchner, fue ascendida a ministra de Salud. Es -o debería ser- uno de los dos o tres cargos más importantes de un gobierno, porque desde allí correspondería equilibrar el desamparo de millones de personas que no tienen donde atender a sus hijos cuando se enferman. No es un tema para nada menor: de la eficiencia, continuidad y honestidad de los equipos que conduzcan esa área depende la vida o la muerte de miles de personas. Es donde se acaba la retórica de la distribución del ingreso, los dos modelos y todo eso, y donde empieza la vida real. A tal punto es así que durante la campaña que la llevó a la presidencia, Cristina se encargó de señalar que la gestión en salud pública sería central en su gobierno.
Pues bien, las cosas están por terminar muy mal. Ocaña acaba de denunciar que el titular de la CGT, Hugo Moyano, quiere quedarse con su ministerio, desde donde se manejan los cientos de millones de dólares de las obras sociales sindicales, que nunca se rinden a nadie. Se trata, nada más y nada menos, que la pelea por plata. Ocaña planteó desde que asumió el cargo que ese dinero se debe rendir y que no se debe entregar a quien no presente papeles claros. Moyano, en fin, para qué abundar sobre los métodos de Moyano.
A la (aún) ministra le preguntaron por las declaraciones del jefe de la CGT a favor de su continuidad en el cargo: -Qué raro, porque escuché que gente que está con Moyano quiere mi ministerio -se despachó.
Y, para que no quedaran dudas, agregó: -No corresponde ni a Moyano ni a ningún otro poner o sacar ministros, esa es una decisión de la Presidenta. Lo cierto es que todas las señales que se reciben, en los últimos tiempos, en el despacho de la ministra no son buenas. Y las peores son las que provienen desde el entorno del ex presidente Néstor Kirchner, quien no sólo ha construido una alianza sin grietas con el titular de la CGT sino que, además, deja trascender -por ejemplo- que Ocaña es la culpable de haber instalado el tema del dengue en el país al haber viajado personalmente al Chaco. Fue el propio ex presidente, por ejemplo, el que dio la orden de que el Senado no declarara la emergencia sanitaria, cuando la propia ministra estaba allí impulsando esa decisión: para quien quiera leerlo, ya está claro que a Kirchner, Ocaña ya no le cae bien. Naturalmente, nada de esto es personal. Se trata de una decisión estratégica del jefe del oficialismo, tomada a fines del año 2005. Luego del triunfo electoral de ese año. Kirchner decidió apostar a una alianza con los sectores sindicales más tradicionales y con las estructuras políticas más consolidadas, tuvieran unos y otros cualquier principio moral, trayectoria ideológica o historia política. Ese acuerdo básico, que se hizo tanto más necesario cuanto más se fue debilitando el Gobierno, debilitó los lazos con sectores alternativos. Víctimas de este proceso fueron personas muy distintas entre sí, realmente distintas, como Luis juez, Aníbal Ibarra, Rumina Picolotti, Martín Lousteau, Jorge Ceballos, Miguel Bonasso, los ministros de la Corte y, ahora, Graciela Ocaña.
La ecuación es muy sencilla: Kirchner pegó el barquinazo, eso tiene efectos muy concretos, y el que no lo acepte, tarde o temprano, deberá irse.
El problema de fondo en este caso no es quién gana y quién pierde en una interna de palacio: lo que está en juego es la política de, salud del Estado argentino. El gobierno actual ha sido muy errático en el particular. En principio, confirmó en el cargo a Ginés González García, el ministro designado por Eduardo Duhalde. Ginés había encabezado una gestión con momentos muy destacados como la aprobación de la ley de genéricos, o la campaña a favor de la prevención del sida -que tanta resistencia generó en la Iglesia-, o la construcción de programas de formación de médicos comunitarios. Es raro lo que pasó con él. A fines del 2007, el Gobierno decidió presentarlo como candidato a legislador porteño (,E?) para después enviarlo de embajador a Chile. Nadie explicó jamás por qué se sacaron de encima a un profesional con tanta experiencia. En su lugar, designaron a Graciela Ocaña, quien hizo lo que hizo toda su vida: combatió a los sectores del Gobierno vinculados a los empresarios traficantes de efedrina, logró la destitución de un funcionario muy poderoso ligado, al mismo tiempo, a Alberto Fernández y a Hugo Moyano, y luego -como era de esperar- empezó a chocar contra la caja sindical. Su aislamiento actual deriva de no comprender que -pese a lo que se le haya dicho cuando asumió el cargo- hay intereses que no se deben tocar. En medio de todos estos dimes y diretes hay situaciones que realmente no merecen demasiado comentario. El gobernador kirchnerista Daniel Scioli designa en el cargo de ministro a un hombre con mucha experiencia televisiva pero muy poca trayectoria en el área de la prevención primaria. El gobernador kirchnerista Jorge Capitanich designa como ministra a su esposa, quien les da órdenes a los médicos de su provincia de que oculten las primeras señales de la epidemia del dengue.
Se producen episodios, además, muy curiosos. El jefe de Gabinete, Sergio Massa, por ejemplo, anuncia que una herramienta clave del combate contra la gripe porcina será el programa médicos comunitarios, pero entonces se conoce que la entrega de fondos para ese proyecto estaba demorada desde hacía un trimestre y había protestas en varias provincias. Eso se producía, justo, durante las semanas en que estallaba el problema del dengue.
Cambian ministros, cambian políticas, hay presiones por la caja.
Es la historia de nunca acabar de la política de salud en la Argentina: no se trata de una estrategia coherente, a largo plazo, establecida con la seriedad que el tema merece. Es, apenas, un territorio cuyo control se define de acuerdo con el inestable resultado de una puja de poder entre sectores sindicales, políticos, empresarios privados y hasta obispos.
El sector honesto del kirchnerismo sostiene que el ex presidente hace lo que puede en el país que le ha tocado gobernar.
Sería, en este caso, un hombre bueno atrapado por una sociedad limitada, miope y venal.
Es una manera de ver las cosas. Como tantas otras.
Lo cierto es que ahí está Ocaña, esperando el momento del tiro final. Y que alguien le explique: así son las cosas, el Hugo es el Hugo, ya vamos a necesitar que nos ponga treinta mil personas en las calles para pelear contra alguien, mejor no enojarlo, a ver si nos las pone en contra nuestra.
Eso.
El Hugo es el Hugo.
Mejor no enojarlo







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